martes, 10 de agosto de 2010

La Murga

Música popular




La alegría su instrumento, la denuncia su objetivo




Por Antonela Galiani

Es divertida, comunitaria, generacional y, sobre todo, crítica. La murga denuncia y protesta contra el poder, la política, lo cotidiano y la sociedad, pero de la manera más productiva: riéndose.



Dicen que las noches de carnaval nacieron en la época colonial cuando los esclavos se escondían para bailar y parodiar a sus amos. Se reunían alrededor del fuego y vestían las levitas y galeras que sus señores habían descartado. A pesar de tener sus pies encadenados, bailaban al ritmo de los tambores buscando representar con sus pasos el sometimiento y el anhelo de libertad. Este baile perduró en el tiempo y se enriqueció con la llegada de los inmigrantes al Río de la Plata, a principios del siglo XX.

“La murga tiene que ver, sin duda, con un baile afro y negro, ya que el bombo con platillos es propio de ellos, y su espíritu está totalmente relacionado con la emancipación. Pero, aunque yo crea que sí, no puedo afirmar que fue creada por los esclavos: la murga ha sufrido muchos atravesamientos”, señala Rubén Espiño, director de la murga de Palermo Atrevidos por Costumbre.

Existe, sin duda, un punto de convergencia muy fuerte entre ese baile esclavo de la época colonial y la murga actual de los sectores más marginados de la sociedad: ambos son promovidos por la búsqueda de libertad y el deseo de ser escuchados. “La murga sigue una línea histórica de sectores sometidos que se liberan en un acto colectivo, en determinado momento del año, bailando a su manera y diciendo sus cosas”, explica Pedro Fernández Moujan, director de la película Murgas y Murgueros.

La murga apareció en la ciudad de Buenos Aires entre las décadas del 40 y 50, y se mantuvo en auge hasta los años 70. A partir de entonces, esta manifestación popular comenzó a sufrir un notable declive: “Por un lado, en los 70 se da la explosión del pop, es como una época de carnaval permanente y la murga queda envejecida. Además, la dictadura militar reprimió toda manifestación callejera y popular, de hecho suprimió el feriado de carnaval. Entonces, los únicos que quedan resistiendo en la murga son sectores marginales, que tienen una apuesta muy fuerte en la calle, pero a la vez muy violenta. Esto genera un notable alejamiento del público. La murga comienza a remontar a fines de los 80 con un aporte fundamental del músico y profesor Coco Romero, que arma talleres y convoca a viejos murgueros. Esto se suma a que todavía quedaban algunas murgas en actividad, y a la apertura de todo lo democrático. Así, los murgueros del barrio sienten que pueden volver y empiezan a rearmarse. En la década del 80 había aproximadamente veinte murgas, hoy hay en Buenos Aires entre 150 y 200”, relata Fernández Moujan.

Zapatillas de lona, caras pintadas y una fortaleza que combina con el verde, el violeta y el blanco del traje. Los murgueros de Atrevidos por Costumbre se preparan para “La Matanza”: la ronda de chicos agachados aplaude con entusiasmo a los compañeros que bailan en el centro. Patadas, giros, saltos y brazos que se mueven cómo látigos. Sus cuerpos y sus miradas, envueltos en brillos, colores y sonrisas, quieren hablar. Esto sucede porque integrar una murga no consiste solamente en aprender los pasos para poder participar en el carnaval de verano. Este baile tiene un significado más importante para los murgueros, y para la sociedad en general: es un elemento de denuncia que critica a través de la risa.

“La alegría es un fundamento vital de los pueblos. Yo creo que la denuncia cuando no tiene alegría se convierte en panfleto, es no construir algo nuevo, es no llegar a la gente porque es queja, y la queja hay que volverla propuesta. La murga tiene propuesta, transforma la angustia en afecto. Es una herramienta muy importante que saca a las personas de muchos dolores, que nutre a los pibes de elementos. Muchos chicos han venido a la murga con una historia muy marginal, pero nosotros apostamos a ellos”, cuenta Espiño.

Hasta hace veinte años, la murga estaba vinculada únicamente a los sectores bajos y medios bajos de la ciudad de Buenos Aires, por eso hoy está cruzada por códigos barriales, similares a los del fútbol o al de los chicos que se encuentran en las plazas, que proviene de los lugares urbanos más desfavorecidos.

Encuentro, amontonamiento, reunión son palabras que representan lo que significan las murgas para una ciudad. Las canciones no sólo refieren a política y a poder, también le hablan al barrio, un barrio que se une al identificarse con este baile y que se vuelve su apellido: Los Cometas de Boedo. “La murga te da arraigo, te posiciona en un lugar. La gente necesita decir de dónde es”, explica Espiño.

A pesar de la tradición y los objetivos en común, existen diferencias entre las murgas: algunas prefieren ser originales y luchan por sostener su particularidad, otras tienen muchos integrantes, otras son más rígidas en los pasos y algunas más creativas en sus letras, y a otras les gusta incorporar diferentes instrumentos. Esta decisión depende de los líderes, que son los pilares de cada murga. “Mi papel como director es poner en juego todas las capacidades individuales, todas las posibilidades que traen los chicos y así poder sostener un espacio de conjunto. Doy mucha libertad, pero también intento ser el garante de que todo se dé en un clima de armonía, tranquilidad y juego”, explica Espiño.

En la murga, el baile es tan importante como la letra. Existen pasos básicos que los directores les enseñan a los principiantes, pero cada murguero tiene la posibilidad de crear, de liberarse. Las canciones, escritas por sus directores, logran conmover al público, enojarlo, hacerlo reír. “El espectador puede engancharse de distintas maneras con la murga: desde el baile, el ritmo, la fuerza, la alegría, desde su denuncia social. La murga tiene muchas aristas”, afirma Fernández Moujan.

Pasión es una palabra que alimenta y mantiene vivo al mundo murguero. Sus integrantes se encuentran atravesados por un sentimiento de libertad, producto de un baile que los deja expresarse, denunciar, militar políticamente desde un lugar sano y productivo: la alegría, la felicidad, la diversión. “Cuando bailo murga siento liberación, siento que me puedo ir de las angustias, suspenderlas –cuenta Espiño emocionado- . La murga arma mi espíritu, siento que estoy ahí, que estoy presente y me hace bien”.

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